Sí, aquello era un antipático sentimiento de odio. No era ese odio que se describe en las novelas y en el que no creo, cuando parece que se disfruta haciendo daño a una persona, sino el que nos infunde una repulsión invencible hacia la persona que, sin embargo, se ha ganado nuestro respeto. Ese odio nos hace repugnantes sus cabellos, su cuello, sus andares, el sonido de su voz, todos sus miembros, sus movimientos, y al mismo tiempo nos atrae hacia él con una fuerza invencible.
TOLSTOI
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