Aromas de romero y azahar, aromas de añejos recuerdos. Aromas de tristes días de destierro de mi propio yo, de mi propia voz.
Aromas a membrillo de dulzura, dulzura que esquiva miradas y preguntas, preguntas certeras que acuchillan las mentes ajenas en la soledad de la noche.
Aromas de polvo vuelven a mí al escuchar los rescoldos del pasado, las despedidas o los viajes lejanos.
Aromas de regreso a mi mundo pequeño, a la elocuencia de folios en blanco, de folios que no son papel pautado, que chorrean tinta, que están preñados de ideas revueltas; mezcla de odio, dulzura, amor, caricias, rabia y rencor...
Aromas de notas que bañan mi habitación, habitación que las esquinas perdió. Esquinas dónde se encuentran encerradas mis pesadillas, las mismas que alimentan a esta pluma férrea que se agudiza y que cada vez pasea menos por deesas blanquecinas por la avenida de la mañana rota por la desnudez.
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