Bajo pinos me encuentro, acebuches muertos. Zonas de bruma ante mis ojos se deslumbran, monumentos al buen hacer y a la locura se levantan por cada esquina de mi cordura. Bella la mañana de la tala de la vida, de la matanza de corazones inertes en pechos de plomo.
Locura y cordura unida por frágiles trozos de metal desdoblado. Escupidera, espada y rocín flaco; vida y muerte van de la mano. gira, rueca gira, que este es el momento de ametrallar las sombras con miradas de petulante agonía.
Acompañado por lacayo locuaz, por hombre de poco entender.
Sentada en un lindo olivar rodeada de lajas y sarmientos, de pellas de barro dispuestas a ser lanzadas a diestro y siniestro.
Bajo pinos me encuentro, acebuches muertos, encinas siniestras, rostros del pasado aún montan a caballo; Federico que aun me sigue llamando rodeado de gusanos con un agujero en su prodijiosa cabeza, en tierra de nada, en esta tierra mundana.
Sola en mi rincon esperando la llegada de un bribón, yo no estoy loca, yo no estoy loca. Andrajosos recuerdos de aquel tierno caballero, pelo blanco, barba del mismo color.
¡Rápido rocín flaco que no se lo que voy hacer!
Bajo los pinos me encuentro, acebuches muertos, cenista amarilla como las hojas del libro que me vió nacer.
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