viernes, 12 de febrero de 2010
HIPOCRESIA
Y que mejor remedio para mi enfermedad que tu desprecio, aunque tu no sepas que con ello me crezco. Que mejor remedio para mi enfermedad que la soledad. Soledad manchada de pinceladas blancas que descubren brechas de esperanza. Dicen que se convierte en nombre de mujer, pero que esta da lo que su nombre alude, demasiada esperanza en cuerpos desperanzados. Me puedo recrear en mi alrededor, cargado de melancolía y frustración, de la que la mayoría de las veces brotan paños de agua fría. Engendrados todos con el gen de la marginacion y la interposición, un día si o otro no. Escucharas frases que sentido no tendrán, susurros de viento que no volverán y todo por esperar a que la razón empape mi alrededor, alrededor de silencio, penas, quejio, dolencia, tristeza y caretas. Momento de mancharos de cultura, letras, valor, sonidos... pero no de cantos de putas sirenas, que te reconcomen y te envelesan y aveces te la consiguen poner tiesa. Momento de ver seres de horrible forma reconcomerse en su propia mierda, siendo ignorados por aquellos a los que interesa, sufriendo en la sombra donde en años se ha ido formando semejante bestia, donde ha forjado su propia historieta, de ¿Amor quizas? ¿De sueños rotos?, de frustracion y desenfreno. Es hora de que la bestia se vuelva perro y que se entremezcle con lo social del terreno, que fluya la mundicia por su ser y que se la cuelge por fragil y demente, por incomprensible e incompetente. Ahora Federico consige respirar tranquilo en el campo donde vio y vera crecer margaritas, donde la voz de la mentira pierde sus formas y se queda al desamparo de lo vivo, de lo mundano.
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